Aunque parezca frío y ausente me cuesta hacer el esfuerzo de no pensar en ti. Aunque me comporte como si no me importara, aunque veas que ese mar que es el azar de mi vida te llevó lejos de una tierra firme, no es así. Siento todavía tus manos tibias, tus besos firmes, el ritmo entrecortado de tu respiración. Pienso, en esas noches en que la luna luce solitaria y perdida, en aquella noche que nos sentimos el uno al otro. Mi memoria duele al abrazar al aire a mi lado, mis fuerzas suspiran impacientes cuando acaricio tu ausencia. Y si ves que no me importa ves una fachada, porque tu recuerdo prevalece, porque tus ojos me contemplan detrás de los míos, porque tus besos dejaron tizones encendidos en mi cuello. Y si ves que hago bromas acerca del asunto, no te fíes, porque detrás de mi retorcido sentido del humor está la capacidad tan grande y elaborada de que dispongo para herirme y no conciliar el dolor. Y si ves que paso de largo, pendiente de un horizonte del que posiblemente te excluya, date cuenta que soy ciego, al menos para ver más allá de los lugares que iluminas con tu luz. Y si oyes que al otro lado del auricular mi silencio impertinente y atrevido responde a tu voz, entonces calla, y presta atención a los quedos y mustios susurros que levemente gritan tu nombre. Cuando me veas con la mirada resuelta, subiendo las sinuosas pendientes sin ti, no pienses que huyo, no pienses que escapo. Porque aunque estoy hecho de una materia cobarde y exangüe, el espíritu que la habita te extraña. Cuando veas que las circunstancias me confinan al otro lado del abismo, no pienses que daré vuelta y marcharé, porque, aunque lejos, conservaré en mi brújula el norte que tú marcas.
Y aún cuando no quieras que yo llegue a ti de nuevo, espero que al menos estas palabras atraquen en tu corazón.